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martes, 7 de agosto de 2018

Arroyo El Sauce


Infancia en Sauce Pintos

La infancia ha pasado, pero quedan esos recuerdos que aparecen frente a cada insinuación de algo vivido. 
Eso me pasa cuando recuerdo las caminatas al arroyo que hacíamos con mis hermanos, o aveces con los amigos o los primos que llegaban desde Corrientes o Buenos Aires. 
Lo recuerdo tan fielmente que pareciera que estoy volviendo a vivir esas experiencias tan importantes en mi vida. 
Mi madre, nos seguía con la vista, ya que la casa, la Santa María, se hallaba emplazada en la loma de la Cuchilla Grande de Montiel, a escasos dos kilómetros del pueblo de Sauce Pintos. 
Llevábamos  una caña muy larga, en cuya punta tenía un banderín color celeste atado. Así que entre todas las cosas que cargábamos para llevar estaba la caña, con su banderín celeste. De esa manera, mi madre, podía seguirnos con la vista hasta que plantábamos el asta y allí supuestamente nos quedábamos a jugar. En general, seguíamos avanzando hasta algún lugar más peligroso y que nuestra madre no nos dejaba llegar para cuidarnos de que nos pasara algo, pero sin medir el peligro, nosotros nos íbamos igual más lejos. 
Ahora a la distancia pienso que nuestra madre, muy inteligente y aguda, sabía lo que hacíamos, pero confiaba en que "el ángel de la guarda, nos cuidara". 
Así era la época de nuestra niñez entre las creencias simbólicas de la religión hasta la libertad de dejarnos elegir y jugar sin prohibirnos nada. Recuerdo que dónde llegábamos hacíamos fuego, calentábamos agua y tomábamos mate. Cosa que un niño de esas edades que teníamos, entre cinco y doce años, no saben ni siquiera como se podría hacer. Pero vivir en el campo en los setenta, tenía otro color, y los hijos ayudábamos en la casa como los mejores. 
Llegar al arroyo era una alegría increíble. Lo hacíamos corriendo y bajando la barranca con rapidez y sumergiendo los pies en el agua de un verde botella cristalino. En esa época una de las márgenes no tenía árboles, y la otra estaba llena de sauces y otros arbustos llenos de insectos y bichos que nos encantaba descubrir y observar. 
Pasábamos horas jugando y armando diques o moviendo piedras para transformar a nuestro gusto el paisaje. 
Hoy ese lugar está todo contaminado con bolsas de residuos y basura que no permite ni el paso del agua por su cañadón. 
En la margen Este, había piedras enormes, talladas por el tiempo que parecían cubos o formas más o menos geométricas. Y otras más pequeñas de diversos colores que nos gustaba juntar para llevar a casa.
Aveces teníamos "mojarreros" con su típica boya color rojo y blanca, que no recuerdo quién pero, tal vez alguno de nuestros tíos, nos regalaban en verano. Una pequeña caña de aproximadamente un metro de largo, con algo de tanza, y al final un pequeño anzuelo y a treinta centímetros aproximadamente una boyita color rojo y blanca. Esas pequeñas cañas están en mi memoria, teníamos varias, dos o tres, para que pudiéramos pescar mojarritas, y encarnábamos el anzuelo con lombriz. Ese era el trabajo antes de ir al arroyo. Buscar lombrices para encarnar los anzuelos. Esa tarea me encantaba, y casi siempre lo hacíamos con Julio, mi hermano un año mayor que yo. 
Cuantas anécdotas en esos viajes al arroyo. Nos gustaba ir cuando llovía, pero no hacía frío. O en invierno, en las horas de más sol. 
Recuerdo los juegos y las construcciones que hacíamos utilizando piedras. Eran diques de contención que atrapaban el agua para que se produzca un pozo y ahí poder bañarnos. 
Era una aventura extraordinaria el día que íbamos al Sauce, como decíamos. 



















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