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jueves, 23 de febrero de 2017

Verdugo


Corre el año de 1402, en la China Imperial, bajo el dominio de Jianwen, son tiempos de bonanza pero también de traiciones.
Soy Zing Wang un artesano del sur del país, de un pequeño pueblo cerca de la costa. No, mejor dicho, soy un artista, y me están llevando, atadas mis manos a la espalda, al cadalso. Hoy voy a morir decapitado. Siento que es injusta esta pena que me han dado. Solo por realizar una obra tan exquisita, hoy camino al patíbulo. Sé que el verdugo Wang Lunges diestro en empuñar la espada y dar el mandoble, pero igual tengo miedo. Me sube un escalofrío de sólo pensar en este momento; el tiempo es muy laxo, y no pasa nunca. Mi cabeza piensa en estos momentos: le he dado todo al recaudador eunuco que llego a la casa a buscar los impuestos. Mi casa es pobre, tengo sólo lo necesario y tal vez alguna cosa que me han regalado por mi trabajo. Mi esposa es también pobre, dejo dos hijos que quién sabe de qué vivirán ahora que su padre no estará. Seguramente mendigarán por las calles pobres de Fuzhau, hasta que puedan entrar en el ejercito o aprender algún oficio.
Le di todo al recaudador, excepto esa piedra que me dejó el mercader extranjero que pasó con su caravana comprando piezas de porcelana, y que quiso todos mis jarrones. Decían que viene de los países de Europa. Habló mucho sobre sus viajes por el mundo conocido. Marco Polo dijo llamarse. Yo me sentí halagado por sus palabras sobre cada una de las piezas de porcelana que miró…Le gustaron mucho los grabados y pinturas que trazo con tanta pasión con los colores que preparo yo mismo. A cambio me regaló esa piedra opaca y sin pulir. Sentí atracción hacia ella y por eso le di todos mis cacharros. Pero no era plata, era sólo una piedra sin gran valor. Es azul y yo tengo una gran atracción por ese color, por eso preparo un azul que muchos dicen que es el azul del cielo, el azul de los dioses.
El recaudador me gritó porque yo no quise dársela.
Y aquí estoy subiendo las escaleras, y escuchando un silbidillo agradable que me hace aflojar el miedo. Dicen que es el verdugo que silba, para no tener miedo él también. Mi mente sigue pensando en cosas de la vida. El Emperador Hongwu ha muerto dejando a su nieto en el trono, lo cual enojó mucho a su hijo. Eso trajo mucha zozobra en el pueblo de Fuzhau, donde vivo, cerca de la costa del mar. Ese mar que amo y que trato de imitar en el color con el que pinto mis porcelanas. Con esa rica agua, con muchas sales y minerales, preparo mis pinturas con vegetales y raíces que extraigo de la tierra. Mis colores son muy brillantes, y otros alfareros vienen a buscarlos porque al pintar sobre la loza, se ven muy bien y las figuras de dragones y serpientes se parecen mucho a los verdaderos. Cada detalle es importante y los contornos más aún. Y el azul que preparo es casi como el color del mar en un día soleado y calmo. Ese azul celeste, encerado, cerúleo, que refleja al cielo es mi color favorito. El cielo y el mar en ese azul de toda la loza que esmalto.
Y mi mente me entretiene en estos pensamientos sin tomar en cuenta que pronto mi cabeza rodará por el suelo y ese cielo azul cerúleo se abrirá en mil pedazos de espejos estrellados, brillantes y recibirá toda mi vida como se acoge a un amigo, con alegría y con confianza. Así que decido levantar la cabeza y abrir los ojos. Justo en ese momento se produce el hecho pero ya nada tiene importancia. He muerto y el cielo es mío.






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