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domingo, 19 de febrero de 2017

Recuerdos de mi infancia en Sosa

Infancia en Estación Sosa

Me gusta mucho ir a Estación Sosa. Allí, los chicos somos muy felices. Es la casa de Abuela Leti y abuelo Julio. Sosa es un pequeño pueblo en la Provincia de Entre Ríos en la red vial.  La estación del ferrocarril está a unas pocas cuadras, caminando por la calle paralela a la vía desde el Almacén de Ramos Generales que tienen y atienden los abuelos. Los chicos jugamos a diferentes juegos, pero  son muy divertidos, terminamos cansados y felices. Todos los primos nos reunimos para las fiestas. Llegan los seis de Corrientes, los cuatro de Buenos Aires, y nosotros somos siete, más los tres que viven en Sosa. Allí el tiempo es laxo y el juego se transforma en una ceremonia para todos. Abuela cocina sus ricuras en el galpón, y está al pendiente de todo lo que queremos para complacernos. Recuerdo a mi abuela, su perfil recortado en la ventana, pelando papas sobre su falda en un fuentoncito de latón. Bien temprano, comenzaba con sus preparados para cocinar esas exquisiteces que saboreábamos con tanta fruición durante el día. Había cosas ricas para comer siempre, y su cocina estaba impregnada de olores y sabores increíbles. De niña, me gustaba estar con ella algunas horas del día, mirando su trabajo al cocinar. Solía darme consejos de cómo hacer tal o cual cosa. Y fue ella quién me enseñó a repulgar las empanadas de carne con mucho esmero para que salieran parejas. También fue abuela la que me enseñó a cortar el repollo finito para la ensalada. “Hay que tener bien afilado el cuchillo”, después es más fácil hacerlo. Me decía que para todo tenía que tener paciencia, en la cocina más aún, ya que algo crudo o duro o mal cocinado, provocaba desagrado. En esos tiempos la cocción era muy importante, no como ahora que hay otras herramientas y artefactos de cocina que ayudan mucho. Casi todo se hacía a mano: cortar, picar, amasar, batir. Son acciones de la preparación de los alimentos que era realizada en forma manual. Y había que saber cómo. Tal vez por ser niña mis recuerdos tienen un tamaño impresionante. Hoy, observo con asombro que los objetos que simbolizaban algo enorme, los veo pequeños. Pero eso es algo que a todos los niños nos pasa, y tal vez la historia también tenga esa variable. En mis recuerdos de la casa de mi abuela, todo era gigante y hasta los olores eran penetrantes e inundaban todos los recintos, llegando a mi nariz, a donde estuviera. Los días que más me gustaban, eran los de lluvia. Porque cuando llovía en Sosa, llovía mucho, fuerte y generalmente con truenos y tormenta. Mi abuela era muy miedosa, y si la tormenta era fuerte, nos hacía poner debajo del marco de la puerta, para que si caía algún rayo, no nos alcanzara. Esas ideas eran muy fuertes y nosotros le hacíamos caso, porque tenía mucha autoridad con sus dichos.  Esos días preparaba una exquisita masa suave y blanca, la cortaba con forma de pañuelitos y los freía en grasa caliente, los sacaba con una espumadera y así, los pasaba por un dorado y dulce almíbar y los cubría de unas granas de colores que eran una delicia. Calentitos, nos daba para comer. Otras veces hacía torta frita, las cuales eran grandes y redondas con dos agujeros en el medio, llegaban a mis manos como si fueran globos inflados. Esos olores y sabores aún permanecen en mi mente y sentir algo parecido me transporta al instante, al galpón/cocina de la abuela Leti, en  Estación Sosa.
Nos pasamos la infancia viajando desde Sauce Pintos, un pequeño poblado cerca de Paraná a la casa de mi abuela en Estación Sosa, porque mi padre había muerto y mi madre estaba sola con todos nosotros que éramos ocho niños bastante pequeños. Eran casi setenta kilómetros de caminos difíciles, y de huellas hondas y pantanos cuando llovía. Era una contingencia en sí misma, ir a ese lugar por esos caminos, y generalmente conducía uno de mis hermanos mayores que no tenían más de quince o dieciséis años. Mi madre nunca aprendió a manejar el rastrojero que dejo mi padre. Pero de alguna manera llegábamos a Sosa.  
Ese pueblo, era mágico. Recorrerlo era una aventura increíble. Todos los medios días, la abuela nos mandaba a lo de un viejito ciego, a quién ella enviaba la comida en una vianda. En el camino había dos enormes arboles de mora, que trepábamos para bajar algunas frutas y comer así, sin lavarlas y calientes. También íbamos a lo de la lavandera, creo que se llamaba Laponia. Era una señora gorda pero muy simpática. Vivía en un rancho grande con un gran árbol en el patio, que daba sombra y allí estaban todos los de la familia. Siempre tenía pan para convidarnos. Era un pan con gusto a humo, pero sabroso. Abuela nos decía que no le aceptáramos ese trozo de pan y no entendíamos porqué. Pero con el tiempo descubrí que era porque Laponia tenía muchos hijos y nietos que alimentar, y darnos pan a nosotros, era menos para esos niños. Yo siempre aceptaba el pan y me venía corriendo saboreándolo hasta llegar a la casa grande de la abuela.
Los veranos eran increíbles porque a veces íbamos al Maturrango, un arroyo donde disfrutábamos del agua. Miguel preparaba los caballos y el carro. Miguel era el peón de la casa. Venía muy temprano a la mañana y se iba a su casa a la nochecita. Nunca entendí bien esa relación, ya que Miguel Leñaró, era como de la familia. Siempre con uno de nosotros en los brazos y ayudando en las tareas de la casa. Si había que prender el horno de barro, ahí estaba Miguel; si había que armar el carro, Miguel lo hacía. Barría el patio y limpiaba las ramas y las hojas que caían con las tormentas y el viento. Para ir al Maturrango, la abuela Leti preparaba con antelación todo lo que íbamos a comer y nosotros, felices, nos poníamos la malla, el sombrero y listo. El viaje era largo, a la siesta, por caminos de huellas hondas. Cuando llegábamos, abuela elegía el mejor árbol del lugar para preparar el picnic, y allí bajaban todas las canastas y bolsas con enseres y comida. Nosotros corríamos hasta el agua y nos dábamos un panzazo. El agua del arroyo era de color marrón, porque su fondo era de tierra. Así que pisar ese barro nos daba alguna sensación rara al principio, pero rápidamente se nos pasaba y jugábamos en flotando en grandes cubiertas infladas que  utilizábamos como botes. Pasábamos la tarde entre el agua y la merienda que nos daba mi abuela, en la cual no faltaban tortas azucaradas, galletas con pasas y botellitas de colas  que vendían en el almacén. Me acuerdo de una que se llamaba Bidú. No recuerdo que nos dieran leche. Si agua y jugos caseros deliciosos. Recuerdo verla a mi abuela sentada sobre una manta mirándonos como jugábamos y preparando los platos llenos de tortas y galletas para que nos sirviéramos cuanto quisiéramos. Ella nos miraba mientras calentaba en un fueguito, que le hacía Miguel, un poco alejado del lugar, para que tomara unos mates. Después juntaba flores y semillas del monte. Nos gustaba caminar por los alrededores mirando los musgos, los hongos y las mariposas. Pasábamos una tarde increíble, y volvíamos embarrados y felices.
Creo que las madres, se quedaban charlando de sus  cosas y abuela nos llevaba al Maturrango. No tengo recuerdos de mi madre con nosotros en el arroyo. Si de mi abuela y algunas de sus criadas cuidándonos a todos los chicos en el arroyo. Recuerdo el sombrero de paja que tenía, con una cinta estampada que colgaba por atrás. Eso la dejaba muy glamorosa y elegante. Era una mujer distinguida. Los días pasaban tan rápidos que las vacaciones se terminaban y había que regresar cada uno a sus lugares. Pasaría un año antes de volver a vernos los primos. Y así fuimos creciendo. Pero un día la abuela se enfermó y se murió. Yo no recuerdo los detalles porque posiblemente nadie nos contó nada. En esa época a los niños nos ocultaban casi todo. Nos enterábamos por alguna casualidad o porque ya había pasado lo peor. La casa nunca volvió a ser la de antes. Se terminaron los olores y las ricas comidas. Cerraron el almacén y abuelo Julio se enfermó de tristeza. La casa parecía sin vida, silenciosa. Todos fuimos creciendo, y ya no nos reuníamos más. En dos años, abuelo Julio también murió, y Sosa dejo de ser el lugar encantado de mi infancia. Yo también había crecido y esa diferencia era insuperable. 
Ahora esos recuerdos se agolpan en mi mente queriendo salir convertidos en palabras que bailan en los renglones y saltan de un lugar a otro. Hay una algarabía, tal como era en ese entonces cuando nos decían: prepárense, nos vamos a Sosa!. Pero sé que nada se recupera, excepto en los recuerdos, y por eso escribo estos relatos, para no olvidar esos tiempos felices de la infancia donde la abuela Leti y Estación Sosa fueron vivencias imborrables que de alguna manera hay que preservar para nuestros hijos, y nietos.





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