lunes, 13 de marzo de 2017

Otoño en Sauce Pintos

Otoño en Sauce Pintos
Los días de otoño amanecen fríos y las hojas de los árboles se tiñen de un color ocre amarillento. Pronto dejarán un colchón en el patio que barreremos y quemaremos, en una actividad que es casi un juego. A mí me gusta  jugar donde caen las hojas. El crujir que se siente es muy divertido. Con mis  hermanos después que juntamos en una gran parva, de esas hojas secas y crujientes, nos tiramos arriba. Quedamos llenos de hojas secas pegadas en todo el cuerpo y con el pelo alborotado. Nos divertimos juntos con esa inocencia de la infancia.


Mi padre  hace fuego todas las mañanas en el fogón que hay en la cocina y toma mate amargo con una pavita enlozada color azul de Prusia, creo que decía mi mamá, que le gustaba saber el nombre de todos los colores. Me gusta verlo, es un padre imponente, con autoridad. Pero sabio y bueno. Me gusta sentarme en su pierna izquierda, esa es la mía. Mi hermana y yo usamos sus piernas, una para cada una, para que nos tenga alzadas. Yo le rodeo la cabeza con mis brazos pequeños y me quedo allí en su hombro fuerte, protegida. Esa imagen me acompaña en momentos de tristeza. El, dejando que mi cabeza se recueste en su fuerte hombro, abrazada y abrazando. Creo que sus dos mujercitas eran sus regalonas, siempre nos llevaba de la mano a cualquier lado que íbamos. En cambio los varones, iban con mi mamá.
Es un padre presente y trabajador. Mis últimos recuerdos de él, son un cumpleaños número nueve. Se había enfermado, y lo habían operado en Paraná. Desde allí llego con mi madre a la casa de Sauce Pintos, con una torta de chocolate para mí. Ya lo habían operado y estaba delgado y blanco.

Ese recuerdo perdura en mí siempre. Mi padre entrando a la casa con la torta  bañada en chocolate entre sus manos, Una torta que había preparado mi mamá que lo acompañaba y venía con él. No recuerdo cuanto se quedaron, pero tengo la idea que fue una visita. Nosotros, los chicos estaríamos al cuidado de mi abuela Leti, pero no lo recuerdo. Era septiembre, tres meses antes de que partiera definitivamente. Recordando estos momentos, siento que corren silenciosas unas lágrimas por mis mejillas, y que una congoja me aprieta el alma… fueron tiempos de mucha tristeza y de cambios que se daban sin darnos cuenta. 



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