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sábado, 11 de marzo de 2017

Los días de lluvia en Sauce Pintos


Los vidrios repartidos de las ventanas estaban empañados y llenos de gotas de agua. Es una mañana de otoño y llueve desde la madrugada. Nos hemos levantado con la modorra del día que sabemos no podremos salir a jugar afuera.  El aire está húmedo y frío. Las habitaciones apenas iluminadas porque las nubes son densas y bajas. Llueve finito, suave y persistente. Los chicos miramos la lluvia por las ventanas, es un día para andar en los cuartos, saltando en las camas y jugando a las muñecas Piel Rose que tenemos las mujeres. Nos gusta vestirlas y arreglarlas con trocitos de tela que simulan abrigos costosos, y vestidas para la fiesta, salen a pasear en un imaginario lugar cerca de las patas de la cama de bronce que era de mi abuela. Nos sentamos en una alfombra tejida con hebras de no sé qué material. Mamá siempre nos pide que no estemos en el piso desnudo para no enfriarnos, es tan fácil resfriarse en esta época, y nos cuida mucho, porque todos somos alérgicos y algunos de mis hermanos asmáticos. Mi hermana Pili, es la que más sufre de asma. Ella se cuida de cualquier frio en el cuarto que da al sur. Igual jugamos toda la mañana con las dos muñecas, a la que a una le falta una parte del rodete porque se lo comió un cachorro que teníamos. Las dos las heredamos de unas primas mellizas Martinez que nos la regalaron. Fueron nuestras primeras muñecas lindas y para jugar que tuvimos con mí hermana. Nos gustaba hacer personajes y hablar por ellas, los mellizos también jugaban con nosotras porque eran los más chiquitos.
 Por el pasillo llegaba el aroma de alguna comida sabrosa, que hervía en una olla grande sobre la cocina. Generalmente un puchero con huesos con caracú, o algún guiso de arroz, o fideos con salsa de tomates. Comidas abundantes para tantos comensales. La mesa,  grande y de madera, la cubría un mantel con flores azules y verdes. El pan caliente y humeante salía del horno directamente a la panera a reposar. Se amasaba dos veces por semana, y se usaba media bolsa de harina. ¡Cómo me gustaba amasar con mi madre!. Ella me dejaba mezclar y tocar con mis esa masa suave y tibia. También hacía tortas fritas o bollos con huevo y azúcar encima, que eran una delicia. Tenía épocas, de tortas negras, épocas de bollos,  otras de pastafrolas, después de tortas dulces. Mi madre hacía cosas dulces por épocas, hasta que se cansaba y cambiaba de receta. Nada alcanzaba, todo era muy rico y nosotros muchos y comilones.
Con mi hermano Julio a la casita. Teníamos armado un fuego cerca de una pared en el gallinero. Hacíamos arroz hervido y huevo duro en una lata de tomates. Mi hermano hacía un fogón con ladrillos y hierros dónde apoyábamos las latas. Yo preparaba la leña para el fuego. Usábamos unos fósforos que le sacábamos a mami de la cocina. Los fósforos eran un elemento muy necesario en la casa. Y no había otras cosas para prender, hasta que salió el magiclick. Podíamos estar toda la mañana en los preparativos de esa cocina y cocinando. También hacíamos los juguetes de madera. Los autitos, las escopetas, los caballitos, todo con madera.
Las navidades eran las fiestas más importantes, y los reyes magos. Cómo éramos tantos, los juguetes nos llegaban de Buenos Aires. Nos gustaba cuando venían mis tíos solteros, cargados de regalos. Esos tíos eran los hermanos de mi mamá, y nos querían, especialmente venían después que mi padre murió y quedamos solos los ocho hijos con mamá. Los regalos que traían eran diferentes a los que había en el pueblo. Así que estábamos orgullosos de esos juguetes  con los que jugábamos todos. Recuerdo cuando me trajeron un osito de peluche grande. Otra vez un pianito que aún conservo. Mirábamos en el Billiquen las publicidades y pedíamos al niño dios lo que nos gustaba. En la oportunidad que pedí ese pianito la propaganda mostraba una foto de uno grande, donde se podía tocar sentado en un banco. El que me trajo era muy pequeño del tamaño de una torta, color rosado y con doce teclas de madera. Igual estuve orgullosa de ese juguete con el que aprendí a tocar el arrorró mi niño y el feliz cumpleaños. Nuestra niñez fue así de simple y sana. Casi no veíamos televisión porque no había. Jugábamos todo el día en verano y en invierno, íbamos a la escuela y leíamos mientras hacíamos las tareas. Nuestra madre era la directora de la escuela después que mi padre murió. Así que aunque lloviera, nosotros íbamos a la escuela con mi  mamá.

Fue una niñez increíble, llena de juegos y alegría, pero también de momentos de mucha tristeza y lágrimas. Pero siento que fuimos felices a nuestra manera, por eso cada vez que nos juntamos con mis hermanos, disfrutamos de esos recuerdos de la infancia que están tan grabados a fuego en nuestras mentes y en nuestros corazones.


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