martes, 3 de abril de 2018

Divagando a la mañana



Era un día como cualquier otro.
Me desperté tranquila, y poco a poco fui moviéndome en la cama. Esos despertares me gustan. El silencio era profundo, pero igual escuché un auto en la calle y un pájaro que cantaba. Abrí y cerré varias veces los ojos, hasta que estos se acostumbraron a la luz del día. 
Lentamente me bajé de la cama, me calcé las ojotas, y me fui al baño. Me miré al espejo y ví mi pelo canoso revuelto. Me gustó. Tenía puesto un camisón rosa, una de la prendas que más amaba de mi lencería. Estaba viejita y gastada, pero la seda era suave y aterciopelada. Lavé mi cara con agua fría, para despabilarme,  y cepillé mis dientes con fuerza. Aún estaban todos, blancos y sin que se note el paso del tiempo. A pesar de que ya casi llegaba a los sesenta, tenía una dentadura excelente, y sin ningún implante, carie o problema dental. Era mi orgullo sin lugar a dudas. 
Me sonreí con esa sonrisa ficticia, que siempre me mostraba, frente al espejo y me calcé la bata que estaba colgada detrás de la puerta. 
El otoño asomaba en el sol pálido de esa mañana. Parecía que se presentaba tranquila y sin sobresaltos. Caminé lentamente hacia la cocina y me exprimí un limón amarillo, en una vaso y me lo tomé de un trago. Era una costumbre desde hacía muchos años. Medio limón exprimido en ayunas. 
Llené la pava eléctrica de agua, y puse yerba al mate. Cuando el agua estuvo a la temperatura adecuada, la volqué en el termo y con el mate en la otra mano me fui a mi escritorio. 
Hoy tenía que escribir todo mis bollos de pensamientos que estaban en la cabeza dispuestos a disparar sobre el teclado para transformarse en esa hilera de palabras desordenadas sobre la página en blanco. Hacía días que estaba con una idea que me daba vueltas en la cabeza y se escabullía sin aviso cuando me sentaba a sacarla a la luz. 
Apoyé el termo y el mate sobre el escritorio sobre una carpeta colocada para tal fin y me serví un mate amargo. La espuma de ese primero, era olorosa y al primer sorbo supe que estaba bien amarga y con el agua a la temperatura exacta. Lo saboree un breve segundo y tragué ese elixir americano. 
Mi cabeza comenzó a pensar en eso y las ideas de escritura dieron una vuelta de ciento ochenta grados, virando a mundos lejanos llenos de selvas y aves exóticas que había conocido en Misiones, en un viaje a las plantaciones de yerba mate que había realizado hacía unos años, camino a las cataratas del Iguazú. 
Al sorber el último trago del mate, el ruido me trajo nuevamente a mi escritorio y miré la computadora con la hoja en blanco. 
Allí estaba desafiante, se oyó un pájaro cantando, pensé que era un gorrión. Y luego pasó una moto por la calle. Todo me distraía y nada me concentraba. 
Puse la fecha y edité la página. Hoy tenía ganas de cambiar de letra - la Arial por la Times New Roman- y eso hice. 
De pronto, puse mis manos en el teclado de mi macmery y las letras y palabras comenzaron a bailar sobre el papel en una danza circular y simétrica como una danza exótica respondiendo a una música psicodélica y extraña. Me sumergí en ese mar de criaturas insólitas moviendo los dedos de una manera autómata, y procurando tener los ojos abiertos en este laberinto de agua, arena y peces extraños. 
De pronto sonó una alarma, que me pareció lejana e insistente. Mis dedos seguían brincando sobre letras y comandos en forma armónica llenando algunas páginas alineadas en formas prolijas y negras. Eso me sacó de mi ensimismamiento y paré en un punto y aparte. 
Me serví otro matecito que estaba un poco tibio, pero que tomé igual y levanté la vista al escuchar nuevamente el sonido de un timbre. Efectivamente era la puerta y alguien que llamaba insistente. 
Al levantarme de la silla, huelo y veo humo negro en la habitación y salto hacia la cocina. Con estupor observo la tostadora en llamas abrazando todo a su alrededor. 

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