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martes, 12 de junio de 2018

Encuentro inesperado

Ya me visto para salir y pienso en cómo estará la calle. Seguro con este calor del medio día y el sol a pique, muy calurosa. Y que tengo que ir al banco, y seguro habrá mucha gente acalorada discutiendo sobre sus pagos y tarjetas y que el dinero no le alcanza, y todo eso que siempre se da al medio día, cuando una va apuradita, para comprar unos dólarcitos de esos que no te quieren vender porque te preguntan de donde has sacado los pesos para tenerlos. 
Pero qué bah, si uno hace algunos trabajillos inombrables para logra esos pesos y que si no compra dólarcillos, se le desvalorizan a una que se sacrificó tanto para conseguir ese pesito. 
Y ahora, con ese sombrero de paja con flores, que tanto me gusta, aunque ya está ajado el pobrecito y caminando ligero, llego al banco y como era de esperar, hay demasiada gente. El número que me ha tocado está como veinte después del que han llamado ahora mismo. Con lo cual me dispongo a ver si encuentro alguna silla para sentarme. Y si, por allá atrás se levanta una joven y rápido me voy a ese lugar antes de que alguien me lo gane de mano. Ahí sentada, puedo arreglarme un poco el pelo que me ha quedado revuelto y aplastado cuando me saqué el sombrero, que descansa en mi falda un poco húmedo de transpiración. Es que hace más calor del que el que dió el pronostico, y mis pies están hinchados  por la caminata.
Miro a la gente que está seria, muchos denotan mal humor. He decidido no ser de esa condición y mi mente comienza a pensar en cosas interesantes y que me hagan sonreír. Por ejemplo pienso si fuera posible tomar un vuelo y bajar en alguna costa cercana pero donde me garanticen que el calor será suave y la playa muy azul turquesa. Así que me distraigo en las palmeras con cocoteros incluidos, las arenas doradas y el mar suave y espumoso y aunque mis ojos parece que están atentos, mi mente está en otro lado. De pronto alguien me saca de mi sueño y siento que me tocan el hombro. Es un caballero bien atildado, siento su perfume sutil pero intenso y una boca que se mueve diciendo algo que no alcanzo a comprender. Algo me dice que salga del trance en el que me encuentro y abro los ojos con mucha intensidad. Miro y siento, habrán pasado dos o tres segundos, que es Enrique, si es Enrique Pinto. Me paro como una flecha y lo miro directamente a los ojos. Así, creo que me quedo una eternidad. Pero no, el me nombra con esa boca tan roja y carnosa como la recuerdo de hace treinta años, y sonríe mostrando unos dientes cuidados. No se que dije e hice, pero lo abracé y el sombrero que tenía en la mano se cayo sobre su hombro y entonces se dió vuelta para levantarlo y ahí caí en la cuenta que tenía los ojos vidriosos como a punto de soltar las lágrimas. 
Creo que pasó una eternidad en ese minuto de encuentro y escuché su voz calma, diciendo que se alegraba tanto de verme, que siempre me recordaba y que ante cada cosa que le sucedía pensaba que opinaría al respecto. Yo permanecía parada con el sombrero en la mano izquierda y la cartera en el hombro derecho mirándolo sin poder emitir nada, moviendo la cabeza de arriba abajo y sonriendo como una adolescente enamorada. Enrique se quedó en silencio y yo también. Creo que nuestros ojos comenzaron a dialogar pausadamente, casi sin respiro, por los treinta años de ausencia. El banco cerró sus puertas, y el panel de turnos mostró el número 98, pero nadie fue al puesto 4. La empleada llamó al 99 y listo. Yo seguía parada con Enrique mirándome sin hablar. Me temblaba la mano que tenía el sombrero y no quise respirar fuerte para no ahogar esa conversación de corazones rotos y hechos puré hacia tanto tiempo que hoy misteriosamente en dos segundos se empacharon y comenzaron a latir con la fuerza de un huracán. Aveces la mente es tan compleja, que no hay forma de explicarla, solo hay que sentirla. Y eso hicimos las próximas dos horas, después de salir del banco, sin haber hecho ninguno de los dos nuestros respectivos trámites. Eso podía esperar, nuestros corazones ya habían esperado demasiado. Casi al concluir la segunda hora juntos, mi voz comenzó a notarse y a sobrepasar a las lágrimas que después de un rato aparecieron como torrentes surcando toda mi cara, cayendo sobre mi pecho y mojando la solapa del saco de Enrique, si estuve con mi cabeza apoyada en su pecho, llorando y como una niña gimiendo con una angustia vieja y triste. 

Tal vez este encuentro fue una oportunidad de la vida, me dije a mi misma. Y no la voy a desaprovechar. No pregunté nada, solo lo tomé de la mano y lo invité a caminar por el parque, bajo las copas de los arboles centenarios en los que solíamos hacerlo cuando jóvenes. Ahora ya maduros y con una vida hecha cada uno, esta oportunidad era algo inesperado que deberíamos usar. Así sin más, y como adolescentes, mirando al sol de la siesta nos volvimos a jurar amor eterno para siempre. 

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